sábado, 14 de abril de 2012

¿Existió realmente el pánico a la llegada del año 1000?

El pánico ocasionado por una mala interpretación del Apocalipsis, en la que se confundía la resurrección de los justos con la próxima venida del Mesías -esperada solamente por los judios-, dio paso a que historiadores y literatos afirmaran que durante los meses que precedieron al año mil, los hombres, abatidos por un sinfín de calamidades que creyeron precursoras de una catástrofe final, abandonaran el trabajo y consagraran todas las horas a la oración y a la penitencia, esperando la segunda venida de Cristo justiciero que debía acabar con el mundo, premiar a los buenos y castigar a los malos. Según estos autores, el terror milenario debió ser general, aunque ningún contemporáneo informa claramente de los hechos.
En primer lugar, la iglesia no conserva ningún texto en el que se describan institucionalmente los terrores atribuidos a los últimos días de 999 y primeros de 1000. El dramaturgo August Strindberg ha plasmado una pormenorizada relación de aquellos momentos, escrita, por desgracia, a comienzos del siglo XX. En ella se nos dice que finalmente, en aquellos días, en los que nadie sabia si la catástrofe se deberla al fuego, al agua o al choque de los mundos, los hombres encontraron la armonía que no habían encontrado durante su vida cotidiana. El señor y el criado se abrazaban llorando, uno por su pecado de orgullo, el otro por su indignidad. Otros autores anteriores relatan con una minuciosa fruición la llegada del inevitable cometa, portador de desgracias y muerte. Pero fuentes no tan imaginativas atribuyen aquel clima a la ciega creencia que los hombres medievales tenían en las profecías. Cuando estas -en núcleos muy reducidos, como ciudades o pequeños estados- coincidían con epidemias, plagas, hambrunas o, simplemente, malas cosechas, se tenían todos los elementos para atribuirlas al pavor del milenio. Pero, desde la Crónica de Gocdel, en el siglo XII, pasando por la Crónica de Tritemio, en el siglo XVI, hasta relatos como el aludido en este párrafo, todos presentan el rasgo común de no recoger los hechos de primera mano. Y es que lo menos que se podría esperar de tal ambiente pavoroso es que la iglesia hubiera dirigido alguna palabra de consuelo a sus fieles. Pero en las bulas de Gregorio V (996-999) o en las de Silvestre II (999-l003) no hay nada que confirme que la sociedad estuviese atemorizada ante el milenio.

viernes, 6 de abril de 2012

La falta de patriotismo inglés y francés durante la II Guerra Mundial

Terminada la II Guerra Mundial, el jefe supremo de las fuerzas aliadas, general Eisenhower, afirmaba con orgullo que los estados de régimen democrático, a pesar de las dificultades propias del sistema, cuando es necesario saben actuar mucho más seriamente que los países totalitarios. Pero lo cierto es que a los pocos meses del comienzo de la guerra, países tradicionalmente democráticos como Francia e Inglaterra tuvieron dificultades por culpa de sus propias instituciones. Así, mientras que en Alemania un solo hombre, Adolf Hitler, pudo tomar decisiones fulminantes y hacer y deshacer sin consultar con nadie, en París y Londres los gobiernos encontraron en su camino toda clase de obstáculos.
En Francia, a pesar de la dura lección de 1914, no se organizó la movilización industrial a causa de dilaciones parlamentarias. Por ello los obreros especializados fueron llamados a filas como cualquier otro ciudadano, y las fábricas de guerra carecieron de mano de obra cualificada. Más tarde, cuando el gobierno pidió su desmovilización, los primeros en oponerse fueron los comandantes de unidad, pronto seguidos por los diputados de los departamentos agrícolas (los departamentos que habían suministrado carne de cañón en la guerra anterior), que protestaron por los privilegios de las poblaciones industriales y pidieron su extensión a las provincias. Incluso llegada la época para ello, uno de estos diputados pidió la licencia de los soldados de provincias porque "es época de siembra”. La respuesta del ministro de Armamento, Dautry ("¡esta es época de bombas!"), no lo disuadió. Sucedieron también episodios cómicos: En un polvorín de Angulema, cuatro mil especialistas del ejército se negaron a fabricar melinita porque decían que "puede provocar la calvicie". Por su parte, el partido comunista desarrollaba una activa campaña pacifista. Condenaba sin paliativos "la guerra imperialista" y ponía como ejemplo de prudencia a la URRS, que había firmado un amistoso pacto con Alemania. Además, las impresionantes victorias nazis hipnotizaron a buena gente de las derechas francesas. Surgieron grupos subversivos y se formaron asociaciones que fomentaban abiertamente la amistad fraterna con el Tercer Reich. Por una serie de coincidencias históricas, surgió en Francia una situación que contemplaba a la derecha y a parte de la izquierda coaligadas en cierto modo para impedir la formación de un frente unitario que oponer a la amenaza alemana. Un error que Francia pagó muy caro.
En Inglaterra las cosas no fueron mejor. Por diversos motivos el parlamento aprobó con mucho retraso la ley de reclutamiento obligatorio. Pero eso no es todo. De exención en exención, fueron excluidos del servicio los casados y todos los que "ejerciten un trabajo de utilidad pública", que al parecer fueron muchísimos, pues por esta causa resultaron exceptuados también los empleados municipales que limpiaban de orugas los parques, por ejemplo. Los sindicatos, guiados por el viejo y tenaz Walter Citrine, no quisieron que el estado de guerra fuera pretexto para intensificar la producción y protestaron por la entrada de mujeres en las fábricas, oponiéndose al intento de hacer trabajar a los obreros más de siete horas al día. En los altos ambientes sociales la falta de patriotismo alcanzó un nivel peligroso. También se notaron vagas infiltraciones nazis y fascistas. Diarios como el 'Daily Mail' no dudaron en escribir que "la vigorosa juventud nazi es nuestro bastión...". Por su parte los jóvenes británicos no tenían el menor deseo de luchar. Una encuesta entre los estudiantes de las universidades del Reino Unido dio en aquellos días un resultado alarmante: ¡más del 70% de los consultados se declaró contrario a la guerra! Hicieron falta las bombas de la Luftwaffe para hacer cambiar de idea a muchos ingleses.

jueves, 2 de febrero de 2012

La última víctima de la Inquisición alemana

Al tener más de treinta años, Anna Maria Schwägel rebasada la edad en que una mujer podía tener expectativas de contraer matrimonio. Su existencia había transcurrido como sirvienta y la monotonía se había incrustado en lo más profundo de su ser. Acostumbrada a la vida religiosa del catolicismo alemán sus visitas a la iglesia eran frecuentes y no faltaba nunca a misa. Dios era su último refugio ante el mundo y la vida. Pero pronto todo iba a cambiar y Anna Maria sería la última víctima de la Inquisición alemana y el fin de las ejecuciones de los cazadores de brujas.
Un día su señor contrató un nuevo cochero. Era un hombre joven y atractivo. Parecía simpático y agradable, aunque fuera luterano. Anna Maria al principio lo rehuyó y no prestó demasiada atención a sus piropos y frases de adulación. Nunca había conocido íntimamente a un hombre y el sexo para ella era un horrible pecado si no se realizaba dentro del matrimonio.
Poco a poco el cochero fue ganando su confianza. La confianza dio paso a algo más y pronto el hombre le prometió casarse con ella, imponiendo una condición: Que renunciase al catolicismo y abrazara la fe de Lutero.
Anna Maria llena de vacilaciones y dudas viajó finalmente hasta Kleimmingen para renunciar formalmente de sus creencias. A la vuelta estaba tan segura de su amor, y de su boda, que no pudo resistirse y cayó en manos de su prometido. A la mañana siguiente el cochero desapareció.
Desesperada por haber perdido su virginidad y haber abandonado a su iglesia, fue a pedir la confesión de un fraile agustino, pero el fraile también se había convertido al protestantismo y sus consejos fueron en contra de todo lo esperado, algo que terminó por descomponer su personalidad.
Su conciencia la carcomía. Solamente el diablo podía ser el causante de sus desgracias. Confundida y enloquecida vagó por los campos balbuceando frases absurdas y sin sentido sobre el diablo y Satanás. Unos lugareños la recogieron y la llevaron al hospital para dementes de Laneggen, cerca de Kempten.
La matrona, desequilibrada encargada del lugar, Anna Maria Kuhstaller, la golpeó, torturó y obligó a confesar que mantenía relaciones sexuales con el diablo, a quien Anna Maria identificaba con el cochero.
Kuhstaller la denunció a los magistrados y el 20 de febrero de 1775 encarcelaban a Anna Maria enferma tanto física como mentalmente. Dos semanas después se inició su proceso, bajo la acusación de brujería. No hizo falta ni emplear la tortura con la pobre mujer. Al someterla a interrogatorio, Anna Maria, completamente desquiciada, admitió todo lo que le había sucedido con el cochero que la abandonó. Afirmó haber realizado un pacto y mantenido relaciones sexuales con el diablo, en sueños y en la realidad. No se presentaron cargos de “maleficia”.
El 30 de marzo, tres jueces la condenaron a muerte tras discutir si debían quemarla, ahorcarla o decapitarla. Los militares de la plaza y gente prominente de la localidad, en un intento por salvarla, recurrieron al príncipe abad de Kempten (Baviera) pero este revisó el juicio y corroboró el fallo. El 11 de abril de 1775 la asesinaron públicamente.
El pueblo se horrorizó ante semejante sentencia fuera de todo sentido común. Cuando la noticia llegó a la Inquisición los partidarios de detener la masacre que se había cometido durante décadas enteras tuvieron su oportunidad para poner fin a los asesinatos legales de la Iglesia. El triste caso de Anna Maria Schwägel valió para que comenzara el principio del fin de la terrorífica Inquisición.

Las 10 entradas más populares