miércoles, 6 de febrero de 2013

Sembrando lluvia

En los siglos XVIII y XIX se observó que llovía insistentemente después de las batallas en que se había sostenido un fuego intenso de artillería. Se pensó entonces que las ondas sonoras de los estallidos, al chocar con las nubes, produciría el fenómeno. En ello se fundaban los primeros conatos por provocar la lluvia (aparte de las danzas de las sociedades primitivas, claro está), que comportaban toda clase de fuego artillero, incluso con granadas explosivas disparadas a las nubes por morteros y cañones.
También hubo desaprensivos que, haciendo creer ciertas fórmulas no probadas científicamente, pedían desembolsos importantes por sus esfuerzos. Afirmaban que sus métodos producirían sólo lluvia evitando el granizo, los vientos fuertes y los fuegos forestales. El estadounidense Daniel Ruggles empleaba en 1880 un globo de aire caliente para elevar una carga explosiva hasta las nubes; y generalmente aprovechaba la coyuntura de un inminente chaparrón.
La lluvia se produce naturalmente por la unión de partículas de hielo que forman nubes, y caen al fin en virtud de su propio peso. En 1946, Vincent J. Schaefer, que llegó a ser uno de los más importantes nefofísicos del mundo, de la Universidad del estado de Nueva York, siguiendo las anteriores investigaciones emprendidas durante la guerra por los alemanes, comenzó a realizar experimentos de “siembra”, con objeto de producir lluvia. Quemaba en tierra yoduro de sodio y acetona y dejaba que el viento arrastrase el producto de la combustión hasta las nubes. Se trataba de unas partículas de tamaño relativamente grande que, al elevarse, recogían agua, se helaban y, finalmente caían. Con este procedimiento se obtuvieron pequeñas nevadas. Más tarde se arrojaron sobre las nubes, desde un aparato de aviación, agua y hielo seco (bióxido de carbono sólido).
Al proyecto Whitetop, un programa estadounidense de siembra de nubes, se atribuye un incremento de lluvia del seiscientos por ciento.

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